La muerte del comendador


 La muerte del comendador (Libros 1 y 2)


· Título original: Kishidancho Goroshi

· Autor: Haruki Murakami

· Año de publicación original: 2017

· Traducción: Fernando Cordobés y Yoko Ogihara

· Editorial en castellano: Tusquets

· Páginas aproximadas: 860 (los dos volúmenes)


Hola, amantes de la cafeína y las buenas historias.

Hoy vengo con una reseña que casi me da pereza escribir, porque siento que estoy en un bucle. La muerte del comendador, el tochaco de Murakami, fue la elección de nuestro músico, que a su vez siguió el consejo de su primo, un filólogo distinto al que nos endilgó Mantequilla en su momento. Y ya veis, el club sigue sin cuajar con estas recomendaciones de perfil alto. Porque, spoiler: tampoco me ha gustado esta novela. No sé si soy yo, que no tengo el chip adecuado, o si nuestros expertos están empeñados en llevarnos por un viaje existencial que a mí, personalmente, me deja fuera. Vamos con ello.


El punto de partida es de esos que te seducen. Un retratista en plena crisis de pareja abandona Tokio y se refugia en una casa aislada en las montañas de Odawara. Esa casa pertenece a un famoso pintor japonés, Tomohiko Amada, ahora ingresado con demencia senil. El protagonista se instala allí y, hurgando en el desván, descubre un cuadro misterioso titulado La muerte del comendador. La pintura representa una escena violenta ambientada en el Japón antiguo, pero basada en realidad en Don Giovanni de Mozart: un joven apuesto mata a un hombre mayor. Alrededor de este descubrimiento, la realidad empieza a resquebrajarse. Aparece un vecino enigmático, Menshiki, un tipo de pelo blanco, riquísimo y solitario que le encarga su retrato y que oculta una fijación secreta. Una campanilla suena de noche en un extraño montículo de piedras en el bosque, y al excavar aparece un agujero perfecto, una especie de cámara de piedra. Y del cuadro, como si cobraran vida, se materializan personajes: un comendador de apenas 60 centímetros que habla de forma barroca y críptica, y luego un tipo de cara alargada, una doña Anna diminuta… Todo ello mezclado con Mozart, ópera, reflexiones sobre la pintura y una trama que promete misterio, simbolismo y ese toque metafísico tan murakamiano. Suena bien, ¿verdad?


Pues ojalá me hubiera quedado solo con la sinopsis. Porque la ejecución me resultó un peñazo de proporciones épicas. Murakami escribe bien, tiene recursos, crea atmósferas envolventes y frases que te dejan pensando. Pero esta novela es un bucle contemplativo que se regodea en su propio ombligo. El protagonista pasa páginas y páginas… no haciendo absolutamente nada. Cocina, escucha vinilos de ópera, pasea por el bosque, se acuesta con una amante casada que llega en un Mini rojo, piensa una y otra vez en su mujer que le ha dejado, se enfrenta a un lienzo en blanco sin saber qué pintar, y vuelta a empezar. Es un deambular existencial que, si conectas con él, quizá te parezca profundo. Si no, como fue mi caso, se convierte en un coñazo insufrible. La pasividad del personaje me desesperó. Todo le sucede, nada decide. Y así durante cientos de páginas.


Luego está el misterio. Aquí Murakami planta semillas interesantísimas: el agujero, el comendador parlante, los prismáticos de alta precisión de Menshiki con los que espía a una niña de trece años, Marie, de la que sospecha que es su hija. Pero todo ese potencial se diluye en conversaciones interminables sobre la nada, en simbolismos que no terminan de cuajar y en una resolución que me dejó con la sensación de haber leído un chicle conceptual estirado hasta perder el sabor. El agujero es una metáfora; vale. El comendador, una idea que toma forma; de acuerdo. Pero cuando después de casi 500 páginas sientes que no sabes muy bien qué te han contado ni por qué, algo falla. La trama de Menshiki y Marie, que prometía un thriller psicológico, se enreda en una subtrama casi de culebrón filosófico. Y las reflexiones sobre el arte, el trauma o la paternidad no me llegaron.


Reconozco que, al no gustarme, quizá me perdí en el laberinto de símbolos que el autor propone. Tal vez era de esos libros que exigen un lector activo, dispuesto a armar las piezas. Pero yo no iba con esas ganas. Quería una historia que me atrapara, y me encontré con un ejercicio de estilo que se me hizo largo, premioso y, en muchos tramos, aburrido. Eso sí, tiene momentos brillantes y el primer tercio promete mucho. Pero a mí se me desinfló.


Así que aquí estamos, con otro batacazo en el club. Entre la mantequilla y los comendadores, estamos acumulando más derrotas que victorias. A ver si hay suerte en la próxima ronda.


Nos vemos en la próxima taza, con lecturas más amables… o igual de extenuantes. ¡Gracias por leer y por debatir! Bicos Avispa 



Haruki Murakami es un escritor japonés nacido el 12 de enero de 1949 en Kioto. Está considerado uno de los autores contemporáneos más influyentes y leídos del mundo.

Estudió teatro en Universidad de Waseda y, antes de dedicarse por completo a la literatura, dirigió un club de jazz llamado Peter Cat junto con su esposa. Según ha contado en varias entrevistas, decidió convertirse en escritor en 1978 mientras asistía a un partido de béisbol.

Su primera novela, Escucha la canción del viento, ganó un premio para autores noveles. Alcanzó fama internacional con obras como Tokio Blues (Norwegian Wood), Kafka en la orilla, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y 1Q84.

Su estilo combina elementos realistas con situaciones surrealistas, referencias musicales, cultura popular y temas como la soledad, la memoria, la identidad y el amor. Entre sus influencias destacan escritores como Franz Kafka, F. Scott Fitzgerald y Raymond Chandler.

Además de novelista, Murakami es traductor de literatura estadounidense y un apasionado corredor de larga distancia. Relató esta afición en sus memorias De qué hablo cuando hablo de correr.

A lo largo de su carrera ha recibido numerosos premios literarios y ha sido considerado en repetidas ocasiones como candidato al Premio Nobel de Literatura.

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