Sueñan los androides.....
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
· Título original: Do Androids Dream of Electric Sheep?
· Autor: Philip K. Dick
· Año de publicación original: 1968
· Traducción: Julián Díez
· Editorial en castellano: Círculo de Lectores
· Páginas : 270
Hola, amantes de la cafeína y las buenas historias.
Hoy la cosa va de un clásico fundacional, de esos libros que no solo son buenos, sino que tienen el descaro de poner las bases de todo un género. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es el libro que escogió nuestro sufrido lector que pedía algo cyberpunk a gritos, y que, por fin, ha conseguido que su elección vea la luz en el club. Y qué elección, oye. Philip K. Dick, el hombre que hacía de la paranoia una virtud y de la pregunta "¿qué es real?" todo un artefacto narrativo, nos trae una historia que, si solo conoces por Blade Runner, te va a dejar con la mandíbula desencajada. Porque sí, la peli es una obra maestra visual, pero el libro… el libro es otra bestia completamente distinta. Más árida, más filosófica y, me atrevería a decir, mucho más perturbadora.
A ver, la trama central quizá te suene: Rick Deckard es un cazarrecompensas al que le suda la placa y al que solo le importa una cosa: ganar suficiente pasta con sus "retiros" de androides fugados para comprarse un animal de verdad. En una Tierra agonizante, casi vacía tras una guerra nuclear, donde la mayor parte de la humanidad ha emigrado a Marte, tener una mascota auténtica —una oveja, una cabra, lo que sea— es el súmmum del estatus social y, sobre todo, una prueba de que aún eres capaz de empatía, de que no te has convertido en una máquina insensible como los Nexus-6 a los que persigues. Deckard tiene una oveja eléctrica y el deseo de una de verdad, y ese deseo es el motor que lo arrastra a aceptar el encargo de retirar a seis de los modelos más avanzados jamás creados.
Pero si te quedas solo con la trama del cazador cazado, te pierdes tres cuartas partes del pastel. Y menudo pastel. Porque aquí el cyberpunk no está en los neones y la lluvia perpetua que eso es invento de Ridley Scott, y a mucha honra, sino en el polvo radiactivo, la soledad y la descomposición moral. El mundo de Dick es un erial deprimente donde la gente enchufa su cerebro a un "climatizador de ánimo Penfield" para poder sentirse medianamente bien y donde la empatía, esa capacidad tan humana, se ha convertido en el único baremo para distinguir a una persona de una máquina. ¿El problema? Que el test que usa Deckard no es tan fiable como parece, y que, a medida que avanza en su cacería, la línea que separa al humano del androide se vuelve más borrosa que un vaso de leche radioactiva.
Aquí es donde Dick demuestra por qué es un puto genio. Te pone delante a los androides y, al principio, piensas: "Vale, son máquinas, Deckard, dales matarile". Pero luego conoces a Luba Luft, una cantante de ópera que se cachondea del test de empatía con una inteligencia y una gracia que desarman, y que siente pánico cuando la van a "retirar". O te topas con Rachael Rosen, que te dice a la cara que es propiedad de la corporación, que solo tiene dos años de vida, y te lo dice con una mezcla de lucidez y tristeza que hiela la sangre. ¿Cómo no vas a empatizar con ellos? El propio Deckard se da cuenta de que algo falla en su interior cuando se sorprende deseando acostarse con una androide antes de matarla. Y luego está el personaje que lo cambia todo: J.R. Isidore, un "cabezahueca" marginado por la sociedad, un ser humano degradado por la radiación que, sin embargo, es el único que muestra una compasión genuina y desinteresada. Él es el verdadero héroe de esta historia, el que te recuerda que la humanidad no va de cromosomas ni de test, sino de la capacidad de sufrir con el otro.
El libro es una bofetada de existencialismo sucio. El mercerismo, esa extraña religión donde la gente se fusiona con un viejo que sube una colina mientras le tiran piedras, es quizá la parte más críptica y, a la vez, más esencial. Ese sufrimiento compartido, esa comunión en el dolor, es lo que Dick propone como antídoto a una sociedad que se deshumaniza a pasos agigantados. Y sí, se toma su tiempo para desarrollar esta idea, y el ritmo a veces es más contemplativo que trepidante, pero cada página está impregnada de una melancolía y una desesperación tan auténticas que terminas con el corazón encogido y la cabeza dándole vueltas a qué demonios significa ser humano.
No te voy a engañar: no es una lectura fácil. La prosa de Dick es funcional, directa, a veces incluso torpe, pero sus ideas son dinamita pura. El final, con ese sapo eléctrico y esa desoladora sensación de vacío, es de los que te dejan sentado en silencio mirando a la pared. Es un libro que te cala hasta los huesos, un paseo por un futuro horrible que, visto lo visto, quizá no esté tan lejos.
¿Mi veredicto? Un imprescindible. Si te va el cyberpunk, este es el génesis, pero no esperes persecuciones en coches voladores ni héroes chulescos. Esto es más una partida de ajedrez contra la propia conciencia, jugada en un solar lleno de ceniza. Dadle una oportunidad y dejad que os haga polvo. Luego nos contáis qué tal lleváis lo de la empatía con las máquinas.
Nos vemos en la próxima taza, con lecturas más amables… o igual de desgarradoras. ¡Gracias por leer y por debatir!Bicos Avispa
https://historia.nationalgeographic.com.es/a/philip-dick-excentrica-vida-escritor-que-invento-universo-blade-runner_15958




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